El Jardín Indiano

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¿Post-verdad?

El populismo ha sabido convertir la corrupción en un «discurso de salvación», capaz de liberar a trabajadores y parados de la culpabilización a la que los somete el pensamiento dominante y el giro identitarista de la izquierda.

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Empezaron los medios anglosajones y han seguido todos los demás. La «post-verdad», la idea de que pueden instalarse verdades sociales completamente al margen de los datos y la verdad material y que pueden cambiar el curso de la Historia parece servir para explicarlo todo y liberar de responsabilidades a los partidos «progresistas de toda la vida». Cabría objetar muchas cosas, entre ellas que tampoco parece que la «hooliganización» del debate político en los libros de caras sea una gran novedad respecto a cómo venían comportándose en ellos los candidatos y sus equipos de campaña desde las primeras primarias de Obama: cultura de la adhesión en estado puro hecha posible no por Internet, sino por su recentralización, es decir, su destrucción.

Trump y la clase trabajadora

Pero eso es otra historia. Ha pasado casi un mes desde la «sorpresa» Trump. Y me gustaría invitarles a abordar la cuestión de la «post-verdad» desde el lugar de los «engañados». Veamos en primer lugar el vídeo de cierre de campaña del ahora Presidente electo de EEUU.

Se dirige directa y claramente a la clase trabajadora. Pónganse en la piel de una pareja de trabajadores. Tal vez uno está en paro, tal vez ambos son precarios. La verdad es que se sienten culpables. Culpables porque la tele les cuenta los casos de éxito, le exaltan a los «winners», gente lista que trabajo duro y que supo superarse y ser «especial». Ellos, obviamente, no supieron hacerlo. Se sienten culpables porque no pueden tener una vida familiar como la que soñaron cuando tuvieron su primer hijo, porque si uno ganara un poco más o el otro encontrara un trabajo a lo mejor no tendrían que hacer dobles turnos cuando hay una oportunidad o podrían tener unas vacaciones y disfrutar de estar juntos por una vez sin el miedo de no poder pagar la casa al volver. Se sienten culpables porque no esperaban que los años difíciles fueran a ser tantos y tan largos.

La cultura individualista protestante -cada vez más extendida vía películas y series en el resto del mundo- mitifica al «ganador». El parado, el precario, el joven que acabó la universidad, debe una fortuna en créditos y solo consigue trabajos de baja remuneración, se siente simplemente inferior y por tanto, culpable. Ha fallado y la culpa es suya: «a otros les va bien».

Por si fuera poco, como colectivo, como clase social, no solo está olvidado sino que es culpabilizado por la izquierda «postmoderna» y su identitarismo, que le ha reducido a la categoría «trabajadores sin estudios». Como además sea varón y blanco, ni siquiera podrá esperar compasión en el relato, solo puede ser una caricatura, un ser reaccionario «en sí», como decía Michael Moore: un violento y machista «dinosario en extinción». Bendita izquierda universitaria y su supuesta preocupación por las sensibilidades.

Y ahora reflexionen sobre el mensaje del vídeo de Trump. Creo que no exagero demasiado si lo resumo en: «la clase política es corrupta, por eso es manejada impunemente por una clase empresarial y directiva que te va a echar a los leones de los acuerdos de comercio condenándote al paro». ¿Qué es lo que siente nuestro trabajador en paro o precarizado? Alivio. Porque para él el vídeo se resume en: «no soy el culpable de mi situación».

El núcleo discursivo del populismo

Como estrategia discursiva el populismo ofrece un gancho perfecto: la exoneración de toda responsabilidad del «pueblo» en la crisis económica y sus consecuencias. Para que esta exoneración se haga efectiva el «pueblo» tiene que decantarse y separarse de sus élites político económicas, previamente definidas como «curruptas».

Como tampoco es que las élites den demasiados motivos a la admiración ni oportunidades de sentir que luchan por una causa común con el resto de la sociedad, como tampoco se les ve muy capaces de renovarse no hay grandes resistencias para aceptar la tesis de que «son» corruptas sin arreglo. Y así, el relato populista se refuerza en cada ciclo de noticias sin tener que hacer nada más que señalar con el dedo las investigaciones en marcha: porque, sin necesidad de «post-verdad» alguna, cada investigación sobre la corrupción confirma la responsabilidad de la élite política en su conjunto y su incompetencia para reformarse por sí misma. Sin necesidad de teorías económicas sofisticadas, cada crisis empresarial o cada cierre, dispara los prejuicios conspirativos sobre la alianza político-empresarial para «esquilmar» la riqueza del país a costa de las «clases medias y trabajadoras» que forman el «buen pueblo».

La dicotomía populista

De este modo, las filtraciones, las dudas sobre las relaciones de otros políticos con Wall Street, por no hablar de los casos de verdadera corrupción, se interpretan en un contexto en el que el votante se ve impelido a decantarse en una alternativa binaria: aceptar un relato basado en hechos pero relativamente complejo, cuya comprensión profunda necesitaría un cierto esfuerzo y que, probablemente, tampoco le aportaría certezas morales sobre sí mismo… o aceptar un asequible «relato de salvación», siquiera, en este o aquel caso concreto, esté basado en acusaciones poco razonables o al menos dudosas, un relato que le hará sentirse víctima en vez de «perdedor» y convertirá su frustración en justa irá y causa común de unirse a la indignación materializada en Trump.

El populismo crea así un marco de interpretación que da lugar a lo que de verdad es importante bajo la tan cacareada «post-verdad», un artefacto ideológico perverso que se alimenta de la culpa que el discurso social dominante vierte sobre parados y precarios. Caso a caso, rumor a rumor, es cierto que no importa la verdad concreta bajo cada caso particular. Lo que importa es que la «big picture» que queda bajo las acusaciones y diatribas de Trump está basada en una percepción innegable y alimentada por los hechos y que sobre todo, es liberadora. Liberadora de la culpa.

El populismo ha sabido convertir la corrupción en un «discurso de salvación», capaz de liberar a trabajadores y parados de la culpabilización a la que los somete el pensamiento dominante y las categorías identitarias de la «izquierda posmoderna».

Cómo salir de la trampa populista

La dicotomía populista ha sido posible por varios factores característicos de la descomposición. El primero la descomposición de las propias élites. El segundo la inteligencia de líderes como Trump para entender que la nueva definición del eje derecha-izquierda cuajada durante los noventa estaba dejando fuera las preocupaciones de muchas personas que cuando les preguntaban en las encuestas se situaban en el medio del eje, no porque fueran «centristas» sino simplemente porque no se veían reflejados en ese continuo unidimensional. La denuncia de la corrupción ha sido una manera contundente de aprovechar el descontento situándose fuera de él y presentándose como una enmienda a la totalidad sin tener que dar demasiadas explicaciones.

Sin embargo el resultado nos habla también de la emergencia de una agenda del trabajo -salario mínimo, reducciones de jornada, etc.- capaz de romper las «cajitas» -raza, sexo, etc.- en las que encerraban a los trabajadores los discursos esencialistas de la «identity politics». Por eso las encuestas mostraban que Sanders hubiera podido ganar a Trump de haber superado a Clinton en las primarias.

El populismo ha crecido gracias a la descomposición de la izquierda tradicional, que en el momento en el que la desigualdad se disparaba porque ni los sindicatos ni las políticas fiscales eran ya capaces de contenerla decidieron apostar por el camino fácil del esencialismo identitario… despreciando, ya que no tenía nada que ofrecer a los trabajadores en tanto que trabajadores, la centralidad del trabajo en la vida social. El resultado solo podía ser una marcha atrás que alimentó inevitablemente la tendencia a la exclusión y el nacionalismo que germinaba en los sectores en descomposición de las clases populares.

La resistencia a esta ola que de momento parece tan robusta, dependerá sobre todo de la capacidad para elaborar desde el progresismo un discurso postlaborista que partiendo de la centralidad del trabajo sea capaz de recuperar un verdadero sentido emancipador, un verdadero horizonte no solo para los trabajadores sino para nuestra especie entera.

«¿Post-verdad?» recibió 9 desde que se publicó el Jueves 15 de diciembre de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Un análisis muy claro. Gracias, David. Cinismo, culpa y miedo creo que son tres ejes muy útiles para entender muchas cosas. A ver el título creía que iba a ser un artículo sobre la política del espectáculo y sobre cómo se muestra una realidad contraria a los hechos. Pero lo que cuentas, parece un poco irónico que ya ni la verdad ni los hechos importan, sino sólo las sensibilidades y quién es capaz de comprenderlas. ¿estetización de la política otra vez?

    • Es que creo que igual que el ataque a la red distribuida fue muy exitoso, también lo fue el ataque, permanente desde los 90, a la centralidad del trabajo. Y cuando se pierde la materialidad en el análisis económico y social, las categorías sociológicas acaban siendo una pura expresión de subjetividades (deseos y fantasías) y el relato de lo que ocurre en la sociedad simplemente un «Juego de Tronos» permanente e incomprensible entre las infinitas «casas» creadas sin otro límite que los intereses de la clase especializada en fabricar subjetividades para el estado: la pequeña burguesía intelectual.

      Curiosamente, aunque parezca irrelevante a nuestros preclaros académicos y opinadores a sueldo, los objetos que nos rodean, físicos e informacionales, los tiene que seguir creando alguien. Así que el trabajo no desaparece solo porque ya no resulte interesante a la progresía postdoc y postmoderna. Hace falta un verdadero esfuerzo de invisibilización, una negación activa que utilice la fuerza del estado para constituir subjetividades a pleno rendimiento.

      Originalmente el discurso era burdo: los universitarios «revolucionarios» del 68, culpabilizando a los trabajadores por no seguirles en la revolución. Nunca se puso en duda su derecho a «asaltar el cielo» y el deber de los proletas de seguirles. El análisis tuvo sin embargo una virtud: fue el primer argumento, repetido ad nauseam, culpabilizador: el capitalismo había «comprado» a la clase obrera occidental con el consumismo, su «opulencia» se nutría en realidad de la explotación del tercer mundo y -no se sabía cómo- de las matanzas de Vietnam. Un poco más adelante la misma línea argumentativa dio un giro más potente: la principal contradicción ya no era entre capitalismo y clase obrera (en tanto que expresión material de las necesidades humanas universales), sino entre capitalismo y Naturaleza. El ecologismo político había nacido y con él la culpabilización del consumo obrero encontraba su propia profecía apocalíptica: el consumo de los trabajadores (y luego, de los chinos) destruiría el planeta arrasando toda forma de vida. ¡¡¡Las cosas que nos pasan por no hacer caso a los niños bien de la uni!!!

      Ese hilo argumentativo nunca aflojó. Pero a partir de los noventa, cuando se produce la toma del poder universitario por una nueva generación (lo que contábamos en el post de la izquierda postmoderna), el postmodernismo académico abre todo un abanico de subjetividades (en parte adelantada ya en los setenta por Mandel y la LCR, hoy «Izquierda Anticapitalista» con su teoría de «las nuevas vanguardias»). El relato va fracturando la idea de clase trabajadora al dividirla por sexo, raza, género… y en el caso español hasta nacionalidad (es la época en que en España MC-LCR se lanzan a crear partidos nacionalistas en Asturias, Castilla, Andalucía…). Toda categoría del «ser» tenía de repente una misión histórica, un destino esencial propio: el capitalismo se difuminaba como sistema a superar ante el «heteropatriarcado», el racismo o la insensibilidad nacional. La «clase obrera» mientras iba reduciéndose -en el relato- a un «lo que queda», culpada ya sin ambajes como el culmen de lo reaccionario (nunca perdonaron el 68, ya ves): el varón heterosexual blanco y sin estudios.

      La nueva «venganza de los clérigos» le hacía en realidad el caldo gordo al peor de los neoliberalismos, el que trata de justificar la incapacidad (indeseada) del capital para aprovechar la mano de obra disponible (los parados) y convertirla en valor y beneficios.

      Pero es que a fin de cuentas las «nuevas vanguardias revolucionarias» se estaban convirtiendo en ramas específicas del funcionariado: técnicos de medioambiente, técnicos de igualdad (que ya no tenía que ver con la desigualdad de ingresos, sino con el sexo de cada cual, igualando a Beyoncé y Botín con la señora que les limpia y la trabajadora del call center que vende sus productos), mediadores interculturales…

      Y claro, nos quedaban los profesores «puros», los últimos tercermundistas. Pero eso es otra historia y merece ser contada en otra ocasión…

    • Resumiendo: las «sensibilidades» son un invento del poder vestido de alternativo, originalmente para ganar cuotas de poder en ese mundo de Alicia que es la universidad. La culpa es el único lenguaje en el que ha podido canalizar su relación con el trabajo y el que le ha ganado el reconocimiento de la élite del poder a su mirada sobre la sociedad (aunque a la hora de la verdad, tuvieron que crear los think-tanks fuera de la uni para tener algo de pensamiento social aplicable a la ingeniería social del estado)

      Y en esto llegó el «populismo», a la voz de «basta de culpa y de complejos», «basta de tonterías de pijos», «aquí todo se arregla con un par de decisiones corajudas»… y el fantasma supuestamente moribundo de la clase obrera despertó… para vengarse de las élites que lo negaban en forma de tiro en el pie: Brexit, Trump, nacionalistas húngaros y polacos… La ironía es realizaba la idea académica de que la idea de que la afirmación identitaria estaba por encima de toda otra consideración.

      Y por si alguien se pregunda donde entra Podemos, hay que decir que es una «rara avis», un híbrido, un caso raro -muy diferente de las izquierdas griega y portuguesa- donde se mezclan ingredientes de la izquierda académica y postmoderna (invisibilización de los trabajadores y el trabajo en el pueblo, feminismo esencialista, juego identitario con las «nacionalidades», etc.) y del populismo (centralidad de la corrupción en el relato, definición al margen del eje derecha izquierda, deslegitimación de las élites de poder, etc.) Lo dicho, un tema para tratar aparte.

  2. Muy bueno, como nos tienes acostumbrados. Aquí en Estados Unidos los demócratas, que siempre han sido el ala moderada, pequeño-burguesa, contemplativa, todo menos revolucionaria, en una sociedad en la que late el fascismo, se han dedicado a la Sissy Politics. Que si control de armas, que si derecho al matrimonio gay, que si feminismo, que si calentamiento global, todo, menos lo más importante para la gente: cómo pone un plato de comida sobre la mesa y un techo sobre su cabeza. Eso, como Fukuyama los dio por muertos, hace rato que pasó a la historia. La pregunta es: cómo recuperar las riendas.

    • Creo que hay que separar la parte decente y real bajo la identity politics y darla por amortizada, asumirla como parte de la netiqueta básica a los propios, negando y desmontando al mismo tiempo su esencialismo y lo que conlleva.

      Debemos ser orgullosamente intolerantes con el racismo, el machismo, la homofobia… y cosas como la discriminación lingüística que a la izquierda universitaria les toca su estructura de poder.

      Pero al mismo tiempo no podemos dejar pasar que el feminismo prepare el desmantelamiento de los supuestos básicos del estado de derecho con las leyes de género (tratamiento diferencial en las penas de varones y mujeres) y la inversión de la carga de la prueba (se acabó la presunción de inocencia) en los casos de violencia sexual.

      https://aeon.co/ideas/why-rape-cases-should-not-be-subject-to-reasonable-doubt

      Y desde luego centrarlo todo en la cohesión social, la construcción aquí y ahora de mecanismos mutuales de seguridad social y de una economía viable y cooperativa de pequeña escala y mucho valor añadido. La legitimidad, al fin del camino, vendrá de lo hecho y construido en medio de una descomposición generalizada.

  3. Imagen de perfil de Hiram Crespo Hiram Crespo dice:

    Me encanta tu evaluación intrasíquica del trumpista. Filosofas como Nietzsche y Michel Onfray. Estoy leyendo las notas que tomó Nietzsche y se recopilaron en su “Will to Power” y el habla mucho de los “motivos ulteriores” que tiene la gente para creer en lo que cree. Esto era cierto en su tiempo y lo es hoy. Lo que dice eso de la naturaleza humana nos deja cínicos, inevitablemente: antes yo pensaba que todos estamos viviendo en nuestras burbujas, pero en realidad es mucho mas complejo que eso.

    • Gracias! Es inevitablemente cínico pero en realidad es aplicar la aritmética del placer y del dolor del maestro Epicuro a la epistemología de aquellos que están lejos de poder plantearse qué es verdad en términos serenos. Cuando la supervivencia moral depende de la epistemología, la definición de verdad se convierte en un campo de batalla por la propia supervivencia 🙁

      Lo que más me preocupa es cómo el aislamiento que deriva de la imposibilidad de un debate en parresia con el entorno nos va a afectar, a simplificar malamente nuestra manera de pensar…

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